Después, con dos hileras de cipreses, trazó el contorno femenino de una guitarra clásica, española. Alrededor del hueco central dibujó, también con árboles, una estrella de ocho puntas de unos 100 metros de diámetro que le recordaría a una guitarra particular. Ahora sabemos que cumplía una manda tácita de su mujer, Graciela Iraizoz (Yráizoz escriben ahora los vascos), que lo había dejado viudo ese año: murió a causa de un aneurisma cerebral cuando esperaba su quinto hijo y tenía 25 años. Un día, cuando eran felices, Graciela había adivinado desde la ventana de un avioncito un balde dibujado por casualidad en las plantas de una finca cercana. Y se le ocurrió que la propia, la de ellos, podía tener la forma de una guitarra.

Ureta, que ahora tiene 70 años, plantó uno a uno los 7.000 árboles y los defendió con uñas y escopeta de los cuises y las liebres que ramoneaban los plantines. Nunca vio su guitarra, porque no se sube a nada que vuele desde una mala experiencia de su juventud. Pero eso no le importa porque no la plantó para él sino para que su mujer sepa dónde encontrarlo cuando lo busca desde el Cielo.

Es en General Lavalle, Cordoba.

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