Un bandoneón entre palmeras. El instrumento es una enorme estructura de tres metros de alto y dos toneladas de peso, que gira sobre sí mismo. Los árboles están en la Explanada del Memorial de América Latina, un complejo de edificios de formas curvas que alberga muestras culturales, en San Pablo. Desde el 20 de septiembre, la ciudad donde nació Alfredo Le Pera tiene un ícono más asociado al tango: el monumento realizado por Alejandro Coria y Estela Trebino, el tercero de su especie, después del de Puerto Madero y Tarbes, Francia.

En la inauguración, parte del programa Tango & Vino, una iniciativa conjunta de la Secretaría de Cultura y el Instituto Nacional de Promoción Turística (Inprotur), están la subsecretaria de Gestión Cultural, Marcela Cardillo; el secretario de Turismo de la Nación, Daniel Aguilera; funcionarios del consulado y el director de Actividades Culturales del Memorial de América Latina, Fernando Calvozo, que quiere organizar una semana del tango en 2013. Por ahí anda la Reina de la Vendimia con su capa y su tiara a cuestas.

”Con Brasil estamos de acuerdo en todo menos en fútbol –exagera el presidente del Comité Pro-Monumento al Tango, Rubén Reale–. El monumento no es un molde: es otro original. Tiene ritmo, movimiento, armonía y contrapunto”. De hecho, el ”frente” aquí es un perfil distinto al de Puerto Madero.

En medio del ruido de los helicópteros que usan los ejecutivos para evitar el tránsito paulista, Reale tira frase con firulete: ”El tango tiene cosas que sólo tiene el tango: un día nacional, el 11 de diciembre; es el único género musical que tiene una Academia Nacional, y es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad”.

Para sentir algo de eso, nos sumergimos en un salón de techo bajos, sillas naranja y espejos en la pared, con aires de boite de los ’70, donde Lidia Borda deslumbra con una formación que hace su debut: Carlos Corrales en bandoneón y Hugo Rivas en guitarra. La pareja de bailarines, Nicolás Filipeli y Teresita Sánchez Terraf, revolea piernas a centímetros de los instrumentos… y de los rostros de la primera fila. Los diplomáticos se sorprenden de la calidad del show.

”Cuando vas afuera con el tango es mucho más fuerte… no, es tan intenso como en la Argentina –dice Borda en camarines–. Pero uno va con orgullo, como con la camiseta de la selección. No todos los países tienen una música con un lenguaje universal”.

–¿Y si el público no entiende el idioma?

–Yo, cuando interpreto, trato de sumergirme en una emoción y transmitirla, y eso trasciende el idioma.

”Como espectador, uno quiere ver la autenticidad de la cultura que visita. Y como artista, ese es un peso grande, porque nadie tiene la verdad absoluta”, agrega Corrales, que giró por Asia, América y Europa.

–¿Qué tiene el tango para ser admirado en todo el mundo?

–Esa autenticidad de músicas populares fuertes como la brasileña, el flamenco y el jazz. Yo no sé inglés, pero Sinatra me emociona.

Corrales apunta al baile como ”actividad misionera: en Suiza hay una parejita de argentinos que va a una milonga y cautiva. Tira la semillita que empieza a germinar. Los locales empiezan con los cuatro tanguitos que bailan todos, después amplían el repertorio, viajan y terminan fanáticos”.

En un sillón al costado escucha Rivas, músico autodidacta (aunque de familia de guitarristas) que conoció a Grela, tiene una peluquería en la calle Boedo y es la primera vez que sale del país. Lo cual no quita que tenga posición tomada: ”Los alemanes quieren aprender la técnica, la rítmica, que es una base importante en el tango. Las orquestas japonesas imitan a las de antes pero siempre vas a encontrar una cosita en el marcatto. Si quiero tocar bossa, nunca voy a tener el swing de un brasileño. Tenés que ser argentino, porteño y mamar el tango para poder tocar. Zapatero a tu zapato”. O, acorde a su oficio: ”Si no sabés cortar el pelo, no agarrés las tijeras”.

Sus compañeros cuentan cómo mamaron ellos el tango: Lidia, en el club Sarmiento de San Martín, jugando en el zaguán mientras la orquesta tocaba en la cena show. Una vez le preguntó a un bandoneonista cómo reconocía las teclas sin mirar. ”Tocate la oreja”, le dijo el hombre, y cuando ella lo hizo naturalmente, cerró la lección: ”Así”. Corrales, que debutó profesionalmente a los 11 años, no escuchó otra cosa en su casa. Los sábados a la mañana la vieja limpiaba al ritmo de Pepe Basso y Floreal Ruiz, y si no te gustaba, ”te daba un sopapo”. Cuando su viejo le trajo un walkman de Japón, escuchó tanto un cassette de Piazzolla que la cinta terminó enredada y destruida.

A Rivas no le preocupa volver a salir del país: ”En el Torquato Tasso, unos japoneses me trajeron libros sobre los maestros del siglo XX, todo en japonés, y hay cuatro, cinco fotos de mi viejo y mías de chiquito. ¿De dónde las sacaron? Quiero decir que, de alguna manera, igual llegás”, sentencia.
Seis horas de vuelo y dos mil metros más arriba sobre el nivel del mar, en Bogotá, el centro de exposiciones Corferias es la sede de una feria gastronómica: en el exterior, olorcito de carnes asadas. Un enorme galpón recibe a los visitantes con una bandera de Wines of Argentina. Por ahí andan Donato de Santis y Narda Lepes, entre otros chefs de exportación, y se organiza una cata. El número de 16.000 estudiantes colombianos que hay en la Argentina impacta. Contra el prejuicio de que van a estudiar en la universidad gratuita, muchos lo hacen en varias escuelas de gastronomía (privadas) que tienen su stand aquí. Pueden viajar sólo con cédula de identidad y el pasaje cuesta 600 dólares. Carlos Naranjo, de Best Travel, ofrece ida y vuelta a Mendoza por el mismo precio.

Un japonés se saca una foto chocando su copa frente a un afiche de viñedos argentinos. Alrededor hay unos treinta stands de compañías exportadoras que agrupan a distintas bodegas, incluso vino kosher. Acá nadie quiere volver con la frente marchita. ”A principios de los ’90, en Colombia el consumo era de una copa por habitante anual. Ahora subió a 1,5 litros –informa el embajador Celso Jaque–. Aunque hay 87 bodegas en Colombia, todavía lo ven como elitista. Aquí beben whisky, aguardiente y ron, en ese orden”. Y es cierto: en un bar, piden entre tres una botella de 750 cm3 y la bajan acompañada de una gaseosa, o no. Aquí, algunos toman whisky Glen Moray en vaso de plástico. Los bebés, su mamadera.

En el centro del galpón hay un escenario circular a nivel del piso adonde ingresa el Quinteto Nacional de Tango, liderado por el pianista Andrés Linetzky. Cuando suena la voz engolada de Black Rodríguez Méndez, una nena baila en el escenario. Suena ”Por una cabeza”, el público corea la letra y Linetzky, que al frente de su agrupación Vale Tango giró por 250 ciudades del mundo, se emociona: ”Literalmente, nunca nos pasó que la gente afuera cante los temas. Se siente que tienen una relación muy especial con el tango. Llevarlo afuera es una patriada”, dice.

”Emoción, orgullo, felicidad, lujo y privilegio”: los adjetivos de Black para describir la experiencia de cantar fuera del país ”Volver”.

Una nueva forma que encontró el género para atraer público son las máquinas. Durante el show, Linetzky dispara unas bases electrónicas y hasta las señoras se paran en puntas de pie para ver a los bailarines Iván Romero y Silvana Núñez. ”Aunque no me gusta la música, me gusta lo que genera: trae muchísima gente joven que no conoce el tango –dice Romero, bautizado aquí ”Cacique” por ser descendiente de diaguitas–. Y después del baile, vas a la música”.

”El tango es una música muy erudita. Y el tango electrónico usa un color, una manera de decir para llegar a la discoteca. Si nos ponemos a comparar qué pasa con la riqueza de las partituras, vamos mal. Pero de esa manera el tango se populariza, se mundializa”, dice Black, que a los dos años y medio cantaba ”El motivo” y fue uno de los Mellizos Cubanos de Los Amados hasta el 2009.
La explicación de Linetzky para la recepción mundial del dos por cuatro es la misma que la de Corrales (son amigos): ”Los bailarines son apóstoles del tango desde hace años. Vas a un pueblito en el norte de Noruega y hay gente bailando. Genera algo que otra cosa no genera: el contacto real, que en muchos países no existe. Ni siquiera se dan besos para saludarse. En poder abrazar a alguien tres minutos y bailar está la gran seducción”.

Para comprobar la teoría, nada mejor que hablar con Romero: ”Afuera se ponen locos con el tango. Los colombianos dicen que es de ellos. Los japoneses no entienden el abrazo. En Suiza, abrazás y te empujan. Y no es que te estés pasando: te ponen el cuerpo”, dice Romero, campeón mundial de tango que empezó bailando folklore, fue ”obligado” por su compañía a aprender el dos por cuatro y finalmente se sacó las botas y quedó con los zapatos. ”Todo entra por los ojos –confirma su compañera–. Y en la gente que empieza a bailar tango se crea fanatismo, es adictivo, porque cuanto más conocés, la pasás mejor. Van de vacaciones y averiguan si hay una milonga cerca”.

Black, compañero de los bailarines en Chantecler, aporta una anécdota: ”La gente vive esa pasión de la danza, se enamoran mal. En un avión conocí a una madrileña que ‘debutó’ con el espectáculo Tanguera, empezó a bailar y ahora divide sus vacaciones en dos para venir a las milongas argentinas”
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Marcela Cardillo, subsecretaria de Gestión Cultural

”Atraemos al turismo con la oferta cultural”

Por M.M.

Marcela Cardillo, subsecretaria de Gestión Cultural, tiene a su cargo varias acciones. Este año llevaron adelante una exposición en Yeosu, Corea del Sur; también maneja la programación artística en Tecnópolis, con un pabellón propio, el Espacio Joven, y el flamante programa Recalculando, que brinda capacitación a bandas nuevas. ”Tratamos de trabajar con otras áreas de gobierno para optimizar recursos económicos y de gestión –cuenta en Bogotá–. Tango y Vino lo hacemos con el Inprotur, que lleva adelante la instalación de Monumentos al Tango (los próximos, en Medellín y Nueva York) y las embajadas. La idea es generar interés para atraer el turismo no sólo desde los paisajes, sino también con los vinos y la oferta cultural”.

–Se suman a actividades en desarrollo.

–Sí: en Bogotá, a Inprotur le interesa promocionar Wines of Argentina y a nosotros nos sirve el entorno. Sería más complicado alquilar un teatro y armar una degustación.

–¿El tango es el único embajador cultural?

–Para nada. En Corea llevamos a Peteco Carabajal e Iñaki Urlezaga. Ofrecemos una gran diversidad de disciplinas artísticas.

–¿Cómo definiría la política cultural del Gobierno?

–En los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner se construyó la mayor cantidad de metros cuadrados para espacios culturales: el Museo del Bicentenario, casas del Bicentenario en Santiago del Estero y otras provincias, museos en San Juan y Chaco y la remodelación del edificio del Correo. La secretaría acompaña la centralidad que da la Presidenta a legar cuestiones arraigadas a la cultura: dejar un centro que le permita a la gente tener vida alrededor de ese lugar.

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