BARES por Emilio Vera Da Souza

BARES por Emilio Vera Da Souza

todos los bares tienen un espejo
si no hay espejo no es un bar
todos tienen whisky
en todos hay gin
y vodka
y ron centroamericano
y champán, cava, y espumosos
y vinos tranquilos
cervezas y algunos bitter de nombre italiano
Cinzano, Campari, Martini, Cynar, Aperol,

en todos los bares hay por lo menos
una mujer hermosa
un extranjero
alguien que perdió su sexualidad
dos o tres moscas
olor a vainilla y puchos de cenicero

en los mejores bares
hay Baileys para histéricas
y Jack Daniels para cobardes sin remedio
en todos los bares hay un pedazo de vidrio roto en el piso
y en algún espacio, preferentemente en la pared
una luz titila sin ritmo ni automatismo aparente

en algunos bares hay ventiladores y cartelitos de «salida»
como promesa de un futuro venturoso
en todos los bares venden estafas líquidas
que solo sirven para afirmar
que no hay nada más allá de la soledad
y la ilusión de que el amor existe
y que hay sonrisas
y penas

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mientras en los barrios pobres
las mujeres mueren de dolor,
de enfermedades sin diagnosticar,
de cansancio crónico,
de abortos clandestinos,
de hombres violentos
de policías sin ley
de asquerosos a la siesta
sin amor
sin dientes
sin vestido de fiesta
sin fiesta
y en los barrios cerrados mueren sin remedio
pero con prepaga al día,
las mujeres con maridos bellos
elegidos a conveniencia
otras mueren
de adulterio
de sobredosis de las mejores,
de accidentes de avión,
de esposos violentos a las trompadas
disimuladas con Vichy
otras mueren
de abogados caros
de intoxicación con camarones

todos los bares del mundo
tienen un espacio en la parte de atrás
por donde disimulan
para que nadie vea a los mareados sin destino
que tienen que dejar de beber para poder vomitar
y dejar de llorar para no parecer maricones
y dejar de morir para seguir siendo
los consumidores que no se pueden detener

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todos los bares tienen un tipo que grita
y una chica de piernas largas
que llegan hasta el infinito
y colores en la oscuridad
y donde pasa un poeta maldito
que no sabe hacer ni la «o» con un vaso
y estúpidos de músculo entrenado y más
mugre en el piso tanto como en las cabezas
y tanta soledad que
los agujeros negros
no podrían llenar
y cuando sale el sol
los que están en los bares quedan
inmóviles y estáticos
esperando que la miseria no los roce
y que en el cajón de la cómoda
debajo de una remera de piquè
con cuello con rayas finitas,
algún beso olvidado
con olor a tango
encuentre un otro destino.

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