Adiós a Guarany, el cantor de las multitudes

La muerte es la cosa más hermosa que tiene la vida. Horacio Guarany no tenía dudas sobre eso, ni acerca de la perfección de la naturaleza: “La muerte justifica lo hermoso de la vida. Si no existiera, todo sería muy aburrido”, decía.
Eraclio Catalín Rodríguez se calló ayer, a los 91, mientras a unos cientos de kilómetros transcurría una nueva edición del festival de Jesús María del que fue amo y señor. Su voz perdurará por siempre, con un repertorio inagotable de éxitos, de palabras comprometidas y música potente, de historias de dolores profundos, de amores intensos, de vinos y de multitudes. 
“No has podido matarme con mi huida, pero muero con mi patria desangrada. Y todo sigue igual, como si nada, como si nadie muriera esta semana; tengo el puño cerrado, y las uñas crispadas, yo no puedo escribir con la mano cerrada”. 40 años atrás, en el exilio, Guarany le ponía voz a los perseguidos, como a lo largo de toda su historia le puso voz a los humildes, a los desposeídos, en canciones que serán eternas y sonarán por siempre y en las que pintaba retratos perfectos, a veces felices y a veces no. 
Hacia el final de su vida, corrió el riesgo de que el personaje opaque al enorme artista, al ídolo popular, al maestro. Sus divertidas anécdotas resolvieron grandes títulos, algunas imitaciones lo pintaron como un borracho cualquiera (la que más le molestaba era la de Miguel del Sel), y su legado a veces quedaba resumido a un puñado de curiosidades. Guarany era divertido, ocurrente, con la picardía necesaria para cautivar en una conversación mano a mano o desde un escenario a multitudes. 
Nacido en Las Garzas, al norte de Santa Fe, viajó a Buenos Aires para triunfar hace exactamente seis décadas. Fue en 1957, cuando debutó en la popularísima Radio Belgrano con El Mensú, tema de Ramón Ayala y Vicente Cidade. Allí comenzaría el camino a la consagración, que se fortalecería en el primer festival de Cosquín de 1961 y en las décadas posteriores.
Fue en la década de 1970 cuando dio a luz a su mejor versión, con un repertorio con fuertes políticas, que hablaban de revoluciones posibles, de críticas al sistema, de defender lo nuestro. Fue un perseguido, y tuvo que sufrir el exilio, que lo llevó por el mundo y al mismo tiempo acrecentó su figura. 
Si se calla el cantor, Amar amando, Memorias de una vieja canción, Pescador y guitarrero, Romance de Plumas Verdes, Piel morena, Cuando ya nadie te nombre, La villerita y Caballo que no galopa, son algunas de las que forman parte de un cancionero que aún hoy sigue protagonizando los grandes festivales, con otras voces pero aquella misma voz de fondo de Guarany, que aún desafinando afinaba con las multitudes.
“No puedo estar más que agradecido a la gente que me viene acompañando en mi camino, son muchos años de andar por los escenarios y grabando discos. Horacio, me digo a veces, qué hacés cantando todavía, dejate de hinchar, quedate en casa”, confesó Guarany.
“El Potro” agregó que la gente es la que no lo dejó abandonar hasta el final. “Hasta que me sienta bien viajando y cantando, habrá Guarany para rato”.
Tenía pocas pulgas, pero era encantador. Sus historias eran magnéticas, a veces incómodas, y supo cómo contarlas hasta el final. Concedió muchas entrevistas, y siempre mostró una lucidez extraordinaria. “El daño más grande que hemos sufridos los argentinos han sido los sponsors de las grandes firmas que han condicionado la difusión del arte que a ellos le conviene y le ha hecho ignorar a los medios las grandes riquezas culturales que tenemos”, solía decir Guarany, quien cuestionaba que a nuestros chicos les metieron un complejo de que vestirse de gauchos es de locos, pero vestir con ropa yanqui se lleva con orgullo. “Cantan la música inglesa y norteamericana, y tienen derecho a hacerlo, pero no tienen derecho a ignorar su propia música”. 
Para Guarany, “en toda cuestión profunda como la cultura de un pueblo, hay que ir abajo. Nadie nace músico. La música viene con cada uno. La música nace con el hombre, así como el hombre nace con un idioma”.
Agregaba que “el hombre es como un árbol, es una parte más de la naturaleza. Cada uno juega un papel”. 
Una persona incapaz de odiar; defensor de la tradición, del gauchaje, de la música de raíz; enemigo de la guerra, de los que lucran con la muerte; amigo de muchos políticos como Carlos Menem (aunque dijo que no era menemista porque no compartía su ideología liberal) o de Eduardo Duhalde (pero no era duhaldista), Guarany fue siempre un defensor de fuertes ideas, inclusive de legalizar la droga o la prostitución. También fue un artista que supo retratar el sentir del pueblo, cantarle al vino y a las mujeres como pocos.
Horacio Guarany confesó haber ganado muchísimo dinero en su carrera, a tal punto que no sabía en qué gastar y en una ocasión decidió comprarse un barco. También dijo haberlo perdido todo, cuando después de 31 años de matrimonio su mujer lo atrapó “con las manos en la moza”. 
“Ganaba montones de plata. Un día me enamoré de la mujer que tengo ahora y mi mujer me dijo: o te vas, o te vas. Me fui, pero lo dejé todo lo que tenía, campo, casa, todo. Todo es de ella, quedé en pampa y la vía”.
La vida de Horacio “Pueblo” Guarany tiene demasiadas aristas para una sola nota. Soledad Pastorutti dijo que sentía que “no fuimos del todo justos con él. La gente que lo querido, tal vez sí. Pero nos vamos por las ramas con otras cuestiones, y es nuestro deber difundir la profundidad de su obra… más allá del personaje”. 

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